Desde Segovia con calor I Parte

Cuando los paseos por el pueblo y contar vacas ya no son suficientes hay que sacudirse el perezón (los momentos bucólico-pastoriles dan hambre y sueño, y una vaguería tamaño XXL) y decantarse por el  agroturismo de la zona.

El lunes fuimos a un pueblo que está a apenas 4kms a por pan y enseres varios, y ya de paso, dimos una vuelta por la localidad, que por cierto, debían de ser fiestas patronales o regalar hogazas por que estaba hasta la bolita de peña. Después de comprar pan como para atrincherarse en casa por un mes, fuimos a tomar el aperitivo aprovechando que Óscar, para variar, soñaba con biberones rebosantes. El bar no solo servía bebidas, si no que era estanco, sellaba lotería, tenía tres máquinas tragaperras, dos borrachos oficiales colgando de la barra, menús a 6 lereles y una cortina de tiras de goma en la entrada que harían las delicias del creador de las tiras atrapamoscas. Imprescindible evitar contacto con ellas… en la medida de lo posible por que de alguna manera hay que entrar, claro. Benditas toallitas de culo de la criatura…

Una clara, una caña y una tapita de tortilla de patata después, nos fuimos para casa con la promesa de continuar nuestro periplo por tierras de Castilla. Y así fue. Al día siguiente tocó Pedraza, visitada desde tiempos inmemoriales, por aquello de ser el pueblo más bonico y más famoso de alrededores. Por no decir pijo, que también. Las familias de bien echan la tarde allí admirando cada piedra, cada columna mientras compran unas pastas y cuatro chuminadas que les cuesta el equivalente a un riñón. Pero oye, todos tan contentos.

Pedraza está cuidada hasta el milímetro con el objetivo de atraer visitantes, y dinero, claro. Y lo cumplen, pareciendo un pueblo de juguete con su botica monísima con sus hileras de frascos, las bancadas de las tascas nada toscas de la plaza, respirando orden, armonía y cuartos. Cero vacas. Cero boñigas. Cero moscas. Cero perros que te siguen. Cien por cien algodón, así son las camisas que te venden a 50 castañacas en una minitienda de regalos de cualquier esquina.

Tan “royal” es esta Villa, que mientras nos hacíamos trescientasveintocuatro fotos con la criatura en brazos, nos percatamos de que alguien famosil se hallaba en un grupo un par de metros atrás, por el gentío que le rodeaba cámara en mano. Cuando la masa se fue moviendo, pudimos ver que se trataba de la Infanta de limón, usease, Elena. Ataviada con un sombrero, gafas de sol y su sempiterna trenza, fotografiaba, camarón (de la il-la) en mano, la famosa plaza del pueblo con sus columnas ninguna igual a la otra (Nótese aquí mi conocimiento pueblil).

(*) Puedes hacer clic sobre la imagen si quieres verla más grande

Echamos a andar en dirección contraria al enjambre que la seguía: guardaespaldas, amigos, fans y/o cotillas, con tan mala suerte de entrar en una tienda a comprar un detalle para una amiga, y que el séquito entrara al rato y se dispersara rápido por la tienda. Mientras la infanta se interesaba con los quesos y vinos de la tierra, podía ver a lo lejos como a la dueña se le desencajaba la mandíbula a la par que, ojiplática y atusándose el pelo, le decía a alguien “ahí, madre, la Infanta en mi tienda, y yo con estos pelos!! Paco, saca la cámara“.

Sinceramente, nos importaba muy poco lo que la hija del rey comprara en aquel lugar, que igual vendía quesos que tazas que bolsos. A Óscar menos aún. Pero en general, le gustó Pedraza. Vaya, que él es japi de la laif si está saciado de comer y ha dormido algo, y más aún si encuentra público para atontolinarles con su sonrisa.

Lo mejor fue volver al pueblo, contar la anécdota y que te digan “si es que la infanta es como su padre, les gusta mucho la tierra, son muy campechanos”. Y es que en la Tierra Media, hay un feeling mu grande por todo lo que huele a realeza, a rancio abolengo y a torrezno, osshe… En fin, no digo ná, que después tó se sabe…

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6 comentarios en “Desde Segovia con calor I Parte

  1. Que bueno!!! Has clavado el dibujo de la infanta, mas bien la pose. Me la imagino y todo!!!
    Yo ultimamente los fines de semana me voy a un pueblo que podria ser el simil gallego del que describes, salvo que es todo verde y verde. Lo peor de todo es que cuando cambia el aire de dirección el eau de boñiga se nos hace insoportable, menos mal que no vivimos por allí, porque está rodeado de granjas de vacas por toooodas partes!!!

    Por cierto, tus dibujos sobre ti, no te hacen justicia. Mucho mejor al natural!!!!

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  2. Tuve la suerte de estar en Pedraza hace algunos años y me encantó, a pesar de que para mi gusto hay demasiadas tiendas, yo prefiero hablar con las piedras y con las sombras alargadas de los cipreses.

    En cuanto a la Infanta prefiero no comentar nada, ya sabes, me sale urticaria… menos mal que el Óscar se puso las gafas de no ver…

    Besos, muchos

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