No me chilles que no te veo

Hoy quiero hablar de un fenómeno que tiene lugar en esta santa casa de un tiempo a esta parte.

Y es que el gordo tiene a bien comunicarse a gritos.

Para todo. Cuando quiere el papeo, cuando no, cuando quiere enseñarme algo, cuando se enfada, cuando me quiere… Y mira que nosotros, sus padres, no hablamos alto, sobre todo el padre, que es muy de hablar para el cuello de su camisa.

Puedo estar a su lado, pegados cara a a cara mientras vemos El Rey León por decimocuarta vez, y llamarme a voces. Como si me fuera a evaporar y tuviera que asegurarse que sigo ahí.

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Bien podría ayudar al afilador que se pega garbeos por el barrio cada quince días con su potente voz gritando “el afiladoooor” -sí, aquel ser mitológico sigue existiendo por estos lares- mientras esa melodilla inquietante y de psicokiller sale de su bici tuneada…

Por diox, tengo los tímpanos agonizando. Necesito el fujitsu

“¿Por qué gritas así, criatura, -le pregunto- no me ves que estoy aquí, que me tienes cogida la mano?”

Pequeño ser anárquico… Él quiere mi atención, y sabe que así, elevando los decibelios a niveles de contaminación acústica, la tiene aunque sea para repetirle una y otra vez esta pregunta retórica o simplemente ponga los ojos del revés, en blanco, y jure en arameo mientras apunte en la agenda hacerme una revisión en Gaes… 

Con mi miopía, de seguir así desde luego podríamos protagonizar un “No me chilles que no te veo. El Musical”. Risas -y sordera- aseguradas…

La fiera de mi niño o nuestro período de adaptación

Como algunos ya sabéis por las redes sociales, he abandonado temporalmente esta vida disoluta sin horarios ( o mejor dicho, con horarios de alevosía y nocturnidad) ya que me he incorporado a currar en una empresa, con sus madrugones, su pc de interminables reinicios y su tupper.

Contenta porque es para ilustrar, que es lo que más me gusta del mundo mundial, pero sufriendo en mis carnes, maladás por otra parte por falta de descanso, los arrebatos de mi gordo, que desde que está en la guardería está especialmente sensibol.

Y es que estamos en el famoso período de adaptación, en el que él se adapta a su nueva vida… y yo a la mía. A su vida sin mi (por unas horas) y a mi vida sin él. Y os puedo decir que no está siendo fácil.

El tío está sacando a relucir su carácter, con sus rabietas y todo su maquinaria pesada y no duda en usarlas a discreción en cuanto algo no es de su agrado.

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Igual te monta un pollo en plena calle, que te lanza la comida a la cara, que se tira al suelo, unas veces para despatarrarse a gusto (ya sea arena, asfalto, hierba o cama de pinchos) y otras para llorar sin una sola lágrima hasta quedarse sin respiración para sobresalto de una servidora.

Mauri le pone firme en cero coma, es aplicado y coge notas cuando echan SuperNanny mientras yo… Yo me echo la siesta u.u

24_sept_adaptacion3Se que él tiene razón, ella es el oráculo de toda madre/padre, esa Supernanny entregada e implacable, cargada de cartulinas con puntos y paciencia, pero me temo que yo soy la blandurri de los 2. Por dentro y por fuera, juass.

Intuyo que nos está echando un pulso, midiendo hasta dónde puede llegar; también es una gran llamada de atención, porque cuando estamos juntos es un BabyKoala, agarrado a mí como si fuera una calcomanía. Y no puede ser otra persona, ni papuchi. Not. Es que perderme de vista y echarse a llorar como si le estuvieran quitando la piel a pellizcos.

Ains mi gordito…

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Sus profes me dicen que es un niño 10, que se porta genial, que es un niño muy sociable y tranquilo, juega con todos y con todo, come todo, duerme la siesta estupendamente… ¿Será su personal revenge?  😦

Joooo…

¿Cómo ha sido vuestro período de adaptación? ¡Se aceptan consejillos y/o truquis! Aaasiass ^^