Al día siguiente tocó Segovia city. El padre de la criatura la había visto de paso, usease que no la había visto. Así que no podíamos dejar pasar la oportunidad, a pesar de que yo me la tengo más vista que la etiqueta en español y en portugués del champú, ese que coges cuando te sientas en el trono y no tienes nada mejor con lo que entretenerte. Pos ese.
Segovia es bonica, con ese acuadecto con el que te saluda a su entrada, tan magnífico e imponente. Un alarde de ingeniería y de creatividad la de estos romanos.
Segovia está invadida, como cualquier ciudad española, por autobuses de japoneses que cámara en mano y gorras-souvenires (Córdoba forever, por ej.) fatales encajadas en la cabeza, admiran cada rincón exprimiendo cada momento como si fuera el último. Dándolo todo. Si hay que hacer doscientasveintidós fotacas del acueducto en contrapicado, en primerísimo plano, de lejos o haciendo el pino puente, pues se hace.
Aparcamos el coche en un parking y echamos a pasear tranquilamente. Teníamos todo el día por delante para nosotros, y los 33º que marcaba el termómetro ralentizaba nuestros movimientos.
Después de una vuelta larga, una cañita, y un biberón para el gordi, decidimos darnos un homenaje, que pa una vez que salíamos, nos lo merecíamos. Mi padre nos recomendó el restaurante Jose María, cuya especialidad es el lechal, y sin pensarlo dos veces, nos miramos y nos dijimos «a jugaaaaar!«. A por él que fuimos. Cómo es posible que un 22 de agosto en Segovia, pueda estar tan hasta las cejas aquel sitio… Que su fama le precedía, vale, pero ¿En serio todos teníamos la misma idea? Po va a ser que sí. Viva la originalidad.
Como había que esperar, nos tomamos un aperitivo en la barra, donde un plato de torreznos me susurraban coquetones «Cómeme«. Después de meterle el codo entre las costillas a mi chico señalándolos mientras una gotilla de baba se deslizaba tontuna por la comisura de los labios, pedimos al camarero unos torreznos. Me vuelven loca, aunque me deje la piñata royéndolos, no puedo resistirme a ellos…
Óscar estaba tontuno por que apenas había dormido. Es que claro, había mucho qué ver, y qué necesidad habrá de dormir pudiendo cotillear todo lo posible. Como en la sillita estaba inquieto, lo cargamos en brazos, y seguimos engullendo torreznos como si no hubiera mañana. Así que el peque empezó a socializar con una pareja que estaba a nuestras espaldas tomándose un vinito. Al final, entre que Óscar estaba venga a reír y la pareja a echarle piropos, no nos quedó otra que girarnos y entablar conversación con aquel señor y señora que estaban como locos con el pequeñajo, y él con ellos, vaya. Seguía haciendo fans allá donde fuéramos. Rajando rajando descubrimos que conocían el pueblo de mi madre y todo… Y que los torreznos se me quedaron fríos. Jo.
Por fin, nuestra mesa estaba preparada, así que entramos a matar. Pedimos un plato de lechal para cada uno. Nos acompañaba una generosa ensalada. Menos mal que el aire acondicionado estaba a tope, por que de otra forma me hubiera deshidratado de lo que podría haber sudao con el platamen que nos pusieron. El adjetivo exquisito se queda corto. Buenísimo. Cuando vino el camarero a ofrecernos postre le pedí acabar con mi sufrimiento con un tiro limpio entre ceja y ceja y un café solo con hielo. Ya estaba pensando yo en coger el coche, y con semejante festín de jugos gástricos y mis párpados entrecerrándose soñando con una siesta remaja que no iba a tener lugar, era necesario inyectarse cafeína en vena.
De allí salí más confundida que Dinio en sus noches marbellís. Maaadrecita qué sol de justicia, y el peque que despertaba de su letargo y demandaba mandanga… Aaaay que agilipollamiento. Buscamos un parque que nos ofreciera sombras, para preparar el bibe mientras la bola cárnica se distraía con el agua de la fuente y los pajarilios que pululaban por allí. Después de que la criatura se metiera entre pecho y espalda 210 ml en cero coma, padre y madre no podían ni levantarse del banco. Así que decidimos quedarnos mirando el agua de la fuente y los pajaritos cual borderlines en plena digestión.
«Agua… Quiero aguaaaa«. De tanto mirar la fuente me entraron ganas de mear y de beber como 2 litros, así placa-placa. Caminando por la sombra, eso sí, buscando un lugar donde poder refrescarnos y orinar, topamos con el Alcázar, que estaba asaltado por guiris. Decidimos hacernos la foto de rigor, y entrar en la cafetería de al lado. El calor nos derritió la última neurona que nos quedaba.
Exhaustos, emprendimos el camino de vuelta (El acueducto está en la otra punta del Alcázar). Despacito, cual yayus que en el paseo echan la tarde, pero con unas ganas locas de sentarnos en el coche. Elfader quería mirar pantalones, aprovechando que allí estábamos, y haciendo acopio de fuerzas, entramos en un Springfield. Las dependientas, aburridas y acaloradas las pobres, se tiraron en plancha al peque, que entró dormido y yo creo que su inconsciente registró las palabras bonicas que le dedicaban, y abrió los ojos de par en par seguido de una sonrisa XXL. Le faltó subir una ceja y decir «Hola, nena. Ya está aquí tu papito, mi amol«. Su desparpajo y ganas de juerga les acabaron de cautivar. He aquí el flechazo inmortalizado:
Cuando nos quedaba poco, decidí entrar en una tienda a comprar un detalle a mi prima, y padre e hijo decidieron esperarme en un banco muy cerquita del Acueducto. Cuando salí, padre e hijo estaban cercados por tres señoras mayores que arengaban a la bolica cárnica a la par que sonreían emocionadas ante semejante ejemplar de feliciano de la vida.
Llegamos por fin al parking, dejé un ojo de la cara al cajero para canjear el ticket, y tuerta, cogí el coche. Cuando llegamos a casa, creo que mis extremidades no respondían. Ni las mías ni las de ninguno de los habitantes. El peque esa noche durmió 14 horacas del tirón. Estaba hecho polvo, de no dormir, de socializar con todo el mundo, de hacer nuevos fans y con agujetas en las mollejas de tanto sonreír…















